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El nuevo esplendor de Aurèlia Muñoz

Aurèlia Muñoz (1926-2011) es una de las artistas presentes en el MOMA después de la ordenación de la colección permanente; la encontramos en el MNAC, gracias a la donación que la familia del artista ha hecho al museo; y en instituciones y colecciones privadas de todo el mundo desde los años 70, cuando se hizo un nombre en el arte textil, experimentando con materiales y técnicas.

La galería N2 le siguió la pista en los últimos años de su vida, y el Museu de Sant Cugat le dedicó una extensa exposición en 2013; la artista ha vuelto a emerger y está presente en ARCO, donde participa por primera vez ¿Es el nuevo esplendor de Aurelia Muñoz?

«Cuando la descubrimos hace relativamente poco notamos que nos decía algo, tiene un lenguaje diferente al que destacaba en aquella época en España y se convierte en una voz complementaria en el panorama de los 60 y 70», explica Jordi Mayoral. La galería de Consell de Cent está apostando por recuperar a mujeres artistas invisibilizadas por la historiografía y la crítica, e interpreta los gestos del MoMA y del MNAC como una evidencia para poner en valor a la artista textil. Es la única creadora que llevan a la feria y han percibido interés por parte de instituciones internacionales. Pero Mayoral es autocrítico: «redescubrir ahora trabajos de calidad incuestionable hechos por mujeres supone un zarandeo al galerismo convencional (y también a los museos) porque pone en cuestión el trabajo que hemos hecho durante muchos años».

Aurèlia Muñoz, Sin título, 1970. Museu Nacional d’Art de Catalunya, donación de los herederos de Aurèlia Muñoz, 2019. © Hereus d’Aurèlia Muñoz.

También en Arco, la galería madrileña José de la Mano dedica a la artista un ‘solo project’ –a menudo destinados a nombres revelación y figuras internacionales– y vuelve a exhibir las estrellas-pájaros que Muñoz desplegó el Palacio de Cristal en el año 1982, entre otras obras. De la Mano, que también reivindica artistas olvidadas de los 60 y 70, defiende que hay que darles visibilidad y publicidad. «No se trata de que los museos tengan obra suya, sino que sepan que las tienen y que las recuperen en las permanentes», dice pensando en el Reina Sofía o en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, que atesoran obras de Muñoz en sus fondos. «Mis artistas me habían hablado de Aurèlia Muñoz», continúa el galerista. «Quizá no era una artista de culto, pero era muy respetada por sus contemporáneos y por los grandes nombres de la geometría española; siempre se proponía nuevos retos y llegó a cotas de calidad maravillosas».

Aurèlia Muñoz, Ente social, 1976. Museu Nacional d’Art de Catalunya, donación de los herederos de Aurèlia Muñoz, 2019. © Hereus d’Aurèlia Muñoz.

Para un primer contacto con Aurèlia Muñoz, hay que visitar Anudar el espacio, la muestra enmarcada dentro de la colección de arte moderno del MNAC (hasta abril). Se exponen más de una veintena de obras, entre collages, tapices, dibujos y esculturas, que nos acercan a los diferentes períodos del artista. La más impresionante es Ente social (1976), una pieza hecha en macramé en la línea de lo que luego trabajaría en Águila beige (1977), en el MOMA. En otra línea, las piezas en pequeño formato, más íntimas, que se pueden encontrar en la galería Siesta, en el Raval.

Aurèlia Muñoz, Personajes místicos y cruz, 1964. Museu Nacional d’Art de Catalunya, donación de los herederos de Aurèlia Muñoz, 2019. © Hereus d’Aurèlia Muñoz.

Quien nos ensancha aún más el universo de Aurèlia Muñoz es Sílvia Ventosa, hija del artista y conservadora de textil y moda del Museo del Diseño de Barcelona. Muñoz fue alumna de la Massana y pese a que se inició en el dibujo –al que volvió con fuerza al final de su vida– pronto se interesó por el arte textil. En un primer momento hacía collages con referencias a indumentarias litúrgicas y después tapices, donde evocaba una cierta abstracción y el deseo de despegar la pieza de la pared. A raíz de participar por primera vez en la Bienal de Lausana en 1965, entró en contacto con el movimiento de la Nouvelle tapisserie, que defendía la experimentación y las cualidades tridimensionales del tapiz (contemporáneamente, la fábrica Aymat de Sant Cugat también se abrió a proyectos más experimentales).

Aurèlia Muñoz, Estrella anclada, 1974. © Hereus d’Aurèlia Muñoz.

A raíz de una convalecencia, Muñoz aprendió el punto de macramé de su tía; desde entonces empleó la técnica de los nudos de forma singular y personalísima en todo tipo de proyectos y materiales –jute y sisal, algodón o nylon, que usaría para Estrella anclada (1974)–. Después vendría la serie de Aves Estrellas, piezas aéreas que se desplegaban en el aire y quedaban suspendidas como figuras de origami o velas de barco. En la última etapa exploró el papel y otros soportes más primarios: creaba esculturas a partir de ensamblar diferentes materiales o hacía series como las de kimonos y anémonas, composiciones en las que de nuevo jugaba con la suspensión y el movimiento (ahora encapsuladas en cajitas de metacrilato). Muñoz realizó cerca de 600 obras y protagonizó 40 exposiciones individuales, además de colectivas por todas partes.

Aurèlia Muñoz, Forma a la natura. © Hereus d’Aurèlia Muñoz.

Las culturas antiguas y su colección de pequeños objetos textiles siempre fueron fuente de inspiración para una creadora versátil. «Cada diez o quince años cambiaba de registro y esto hace que quizá no la reconozcas al instante, como ocurre con artistas contemporáneas suyas», apunta Ventosa, que destaca la reivindicación de «pensar con las manos» de la artista, y la su voluntad de acercarse «a razonamientos complejos con las herramientas que tenía al alcance». La calidad táctil de sus propuestas, de apariencia sencilla, más el elemento de artesanía y trabajo manual, es probablemente lo que hace que Muñoz se nos revele contemporánea y actual, en sintonía con las tendencias estéticas del momento y, a la vez, fuera de modas.